A mediados de los años 70, las capillas de la izquierda dogmática sostenían que solo con el socialismo podía cambiar la educación, y Víctor Caballero (el inolvidable Guataco), les decía, con su habitual ironía, que esa era una irracional pretensión maximalista porque el álgebra, por ejemplo, no fue una invención capitalista. Había era que perfeccionar el sistema educativo y lograr la excelencia.
Esa certera lucidez de Caballero y la sobresaliente visión política de Alfonso Jacquin también llevaron a mi generación a entender que teníamos que saber cómo funcionaba la ciudad en lugar de estar recitando, como loros, libros marxistas. Y eso implicaba, entre cosas, asistir a las sesiones del Concejo. Desde entonces a esa corporación o la hemos criticado o la hemos elogiado, e incluso varios amigos generacionales han hecho parte de ella.
Jacquin en una jacobina ocasión dijo que el Concejo era un establo y años después representamos su frase en un performance de cinco burros acicalados de concejales. Los agraviados me pasaron factura un día que fui como secretario privado de la Alcaldía. Por mi presencia levantaron la sesión. “Lamento que no hayan podido superar el síndrome asnal”, les dije risueño.
Hoy el Concejo lo preside por tercera vez un líder que, de alguna manera, guarda relación con mi generación. Procedente de Mompox, su ciudad natal, llegó con su padre y hermanos a los 11 años a la casa de su abuela en Las Malvinas, un barrio del suroccidente surgido de una invasión. Allí recibió la influencia de Ligia Saumeth (Mamá Ligia), la lideresa más destacada que tuvo el M-19 en Barranquilla.
Juan Carlos Ospino se hizo con un gigantesco esfuerzo. En los años de pedagogía en la Escuela Normal se venía e iba a pie. Rectoró el colegio de Las Malvinas. Es abogado de la Universidad Americana. Especialista en estudios pedagógicos de la Universidad de la Costa. Con gran fortaleza y oportuna y eficaz ayuda médica derrotó un cáncer linfático. Desde 2008 es concejal. Y salió de la pobreza, pero vive sin lujos estridentes con su familia en una casa del barrio Olaya.
Aunque Ospino exalta el avance de Barranquilla, admite que el Concejo debe asumir “un papel más protagónico”. En los últimos 14 años se le ha cuestionado a la corporación la entrega de sus facultades de ley a la Alcaldía. ¿Para qué elegimos un Concejo si no ejerce sus competencias? Su contribución a la participación y a la transparencia consiste en efectuar un sistemático y eficiente control político con acompañamiento de la sociedad civil.
Que el Concejo sea un actor más deliberante no significa obstaculizar el progreso de la ciudad. Bajo la presidencia de Ospino, la corporación tiene el reto de elevar su favorabilidad ejerciendo sus competencias. Barranquilla ha avanzado en lo físico y social. Pero arrastra un abultado déficit en democracia que el Concejo debe ayudar a bajar vigorizando los contrapesos.
@HoracioBrieva



