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LA COMETA SIN RABO

En ella hay un descontrol que la ha llevado a imprudencias lamentables como la que facilitó su secuestro por parte de las Farc. Reventados los diálogos entre el gobierno de Andrés Pastrana y esa guerrilla, no fue nada prudente la determinación de irse a la zona de la guerra reanudada. A la sazón candidata presidencial, le advirtieron que no viajara a San Vicente del Caguán y desoyó las recomendaciones.

De pelao cuando uno iba a volar una cometa tenía que colocarle un buen rabo para que ésta pudiera tomar altura y ganar estabilidad en el aire. De lo contrario, la cometa bailaba en círculos y terminaba contra el suelo hecha añicos o enredada en algún alambre del alumbrado público.

El título de esta columna, surgido de una conversación de amigos, lo inspiró la última acrobacia de Íngrid Betancourt.

La trayectoria política de Íngrid ha estado llena de momentos destacados, de momentos dolorosos y de momentos muy erráticos. Llegó al Congreso con votaciones altísimas, distinguiéndose por sus debates valientes y sus declaraciones audaces.

La conocí por Carlos Alonso Lucio cuando eran novios y ambos congresistas. En una ocasión amanecí con ellos en La Cien gozando la salsa del estadero de Ralphi Figueroa.

En ella hay un descontrol que la ha llevado a imprudencias lamentables como la que facilitó su secuestro por parte de las Farc. Reventados los diálogos entre el gobierno de Andrés Pastrana y esa guerrilla, no fue nada prudente la determinación de irse a la zona de la guerra reanudada. A la sazón candidata presidencial, le advirtieron que no viajara a San Vicente del Caguán y desoyó las recomendaciones. Eso le costó varios años de triste cautiverio. Después vino la Operación Jaque con la cual el Gobierno logró rescatarla junto a otros secuestrados.

Ya en libertad generó dos escándalos resonantes: uno, la cancelación de su vínculo con Juan Carlos Lecompte. Él se había tatuado el rostro de su amada en el brazo izquierdo y consagrado a la búsqueda de su liberación.  Y tanto era su fervor que su madre le dijo: “No se entregue tanto”. Las noticias decían que en la selva se había ennoviado con el comandante Alfonso Cano.

El otro fue una demanda contra el Estado por unos 15.000 millones de pesos aduciendo perjuicios por el secuestro. Todo el mundo le cayó encima y tuvo que recular con el retiro de la exigencia.

Cuando apareció como mediadora entre la Coalición de la Esperanza y Alejandro Gaviria la vi tan ponderada que llegué a pensar que el exilio voluntario en París y el buen vino francés habían amansado su espíritu. Me sorprendí cuando anunció su aspiración presidencial, pues imaginé que se dedicaría a organizar su revivido partido y a trabajar por la Centro Esperanza.

Pero me reafirmé en que volvía a ser la Íngrid precipitada en el debate de precandidatos que usó torpemente para ventilar con Gaviria un tema de alianzas que debió discutirse en privado. Con razón el doctor Moisés Wasserman, ex rector de la Universidad Nacional, dijo: “Tenía esperanzas de que Íngrid Betancourt hubiera madurado, pero es la misma”.

Este episodio también ocurrió porque en la Centro Esperanza hay un moralismo pertinaz. Luis Carlos Galán, que fue siempre un político ético, negoció con Julio César Turbay su retorno al Partido Liberal y eso no lo volvió ni turbayista ni clientelista.

@HoracioBrieva

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