Leyendo el libro El infinito en un junco me detuve, fascinado, en los párrafos donde Irene Vallejo, la escritora española, rememora que “Alejandría fue el escenario de uno de los grandes mitos eróticos de todos los tiempos: la historia de amor de Cleopatra y Marco Antonio”.
Sobre esta estupenda obra, Mario Vargas Llosa expresa que tiene “la seguridad absoluta de que se seguirá leyendo cuando sus lectores de ahora estén ya en la otra vida”. Y Héctor Abad Faciolince comenta que le parece un “relato poético y preciso de cuando los libros eran jóvenes y todo sucedía por primera vez”.
Cleopatra tuvo en Julio César su primer gran amor. Dicen que lo sedujo ingresando desnuda, enrollada en una alfombra, al palacio del dictador romano. Julio, con su hispanización, se volvió un nombre común. Y el séptimo mes del año es un homenaje al célebre tirano. Barranquilla ha dado julios muy poderosos. Verbigracia, Julio Mario Santo Domingo. Verbigracia, el megacontratista que destrozó los topes electorales en 2018 gastando 12.000 millones de pesos en la curul de Senado de su protegida.
Pero el amante más importante de Cleopatra fue Marco Antonio. El gobernante romano y la reina egipcia, unidos por la pasión y diversos intereses, llegaron a conformar “una alianza política y sexual” de ribetes escandalosos. El poder político y económico y los arrebatos de alcoba, en este caso, se aparearon en un solo haz lujurioso.
Con las herramientas tecnológicas de hoy hubiese sido muy divertido conocer cómo eran, por Whatsapp, los íntimos coloquios de Cleopatra y Marco Antonio. Supongo que él desde Roma y ella desde Alejandría se habrían reafirmado el amor: “As always”.
Irene Vallejo, citando a Plutarco, dice que Cleopatra “no era una gran belleza”. “La gente no se paraba en seco a mirarla por la calle. Pero a cambio rebosaba atractivo, inteligencia y labia”. La destacada autora ibérica la describe como una mujer astuta que “ganó varios asaltos en el combate por el poder”.
Presumo, por eso, que si los albures de la vida le hubiesen permitido nacer en Colombia, y particularmente en Barranquilla, Cleopatra habría sido diputada, representante a la Cámara y senadora. Y hasta habría tenido ambiciones de ser alcaldesa distrital o gobernadora del Atlántico.
La mayor pasión de Cleopatra fue el poder. Le atraía más que el oro, las joyas y los banquetes, que siempre estuvieron a su alcance en una existencia repleta de privilegios desmesurados.
Por supuesto, los amores de Cleopatra y Marco Antonio no escaparon a las habladurías públicas, como acontece con las relaciones de las parejas expuestas a los reflectores de la fama política. Por ejemplo, se llegó a decir que Marco Antonio, por el amor a Cleopatra, trasladaría la capital del imperio de Roma a Alejandría. Hoy eso hubiera hecho estallar las redes sociales con los memes y las fotos de los dos amantes sentados sobre pétalos de rosa.
@HoracioBrieva



