La explicación a lo que está pasando en Salamanca es la misma que podemos darle a la gigantesca devastación – en años – de nuestros recursos naturales: falta de autoridad, falta de presencia y de acción del Estado a través de sus cuerpos militares y policiales.
Así han desaparecido bosques, pedazos monumentales de selva, cuerpos de agua, y aún así seguimos siendo uno de los países más megadiversos del globo terráqueo.
Cada día hacemos nuestro aporte al deterioro del planeta: un planeta que cada vez más siente las alteraciones del llamado cambio climático.
Salamanca es, pues, una muestra de la gradual agonía de nuestro ecosistema. Cuando no son las organizaciones armadas ilegales ligadas al narcotráfico que deforestan para ampliar sus fronteras de sembradíos de coca y heroína, es el mismo Estado el que permite que las multinacionales de la minería arrasen con la naturaleza, o los mismos ciudadanos los que irracionalmente tratan la riqueza hídrica, vegetal o animal.
Sobre lo que está pasando en Salamanca se sostiene ya la teoría institucional de que detrás de las quemas estarían grupos interesados en tomarse parte de su territorio para fines particulares no explícitos aún.
El operativo de destrucción arrancó hace varias semanas, y ha sido sistemático, con la consecuencia directa sobre Barranquilla que ha tenido que soportar oleadas gigantescas de humo que, por momentos, le han dado a la ciudad el toque brumoso de Bogotá en sus días de lluvia pertinaz.
La ciudad, indignada ante el bombardeo de humo, tiene semanas, exigiendo que se haga algo, pero la respuesta del Estado ha sido tibia y evidentemente ineficaz.
Se ha acudido a helicópteros para arrojar agua desde el aire, y nada. Los incendios han seguido. Se han ofrecido recompensas para denunciar a los responsables, y nada. Los incendios han continuado. Los bomberos de Ciénaga han redoblado su trabajo, y nada. Los incendios han proseguido. Se anuncia ahora que se enviará un cuerpo de carabineros para que patrullen la extensa geografía de la isla.
Sin embargo, hay presiones desde Barranquilla para que sea el Ejército el que asuma el control de la situación. Es cierto que sólo con unas brigadas de guardabosques – como ocurre en otros países – bastaría para atender los imprevistos incendiarios causados por el hombre, pero en Salamanca – dada la certidumbre creciente de que allí habría fuerzas criminales animando las quemas para futuras anexiones territoriales – se está requiriendo una contundente respuesta militar del Estado, una acción de retoma de esta reserva natural del mundo adonde vienen especies de aves de toda América a reproducirse. Es un paraíso que los colombianos no podemos perder por negligencia o cobardía. O por las dos cosas.
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