La ciudad y los árboles

En el historial autodestructivo de Barranquilla figuran cosas  aberrantes como el arrasamiento de la vegetación que hizo climáticamente agradable a la urbe. Añadamos la degradación que sufrieron sus habitantes a causa del desplome de las empresas que regentaban los servicios públicos domiciliarios y la agresión al patrimonio arquitectónico, que debió ser siempre intocable y conservarse impecable.

El plan de quienes jalonaron el progreso de la ciudad, en las primeras décadas del siglo XX, fue una Barranquilla coherente con su clima seco tropical en la que los árboles fueron –lo han dicho algunos historiadores– una preocupación y una prioridad, prueba de lo cual son esas hermosas y monumentales ceibas bongas que sobreviven en algunos sectores y que se mantienen como un conjunto armonioso en los alrededores del Hotel El Prado. La parte mejor urbanizada de esa Barranquilla paradigmática la simbolizan sus mansiones amplias y confortables, separadas unas de otras, llenas de jardines y de adecuados andenes.

La depredación de la flora barranquillera fue coincidente con tragedias como la del olvido del Río Magdalena, al cual varias generaciones le dimos la espalda, despilfarrando todas sus potencialidades recreativas y turísticas. 

De esta debacle ambiental han hecho parte los caños (en los cuales no hemos realizado la tarea completa), la Ciénaga de Mallorquín (contaminada, llena de escombros y mutilada en sus manglares) y los parques, que hemos venido recuperando en las dos últimas administraciones y que la burocracia local había abandonado en medio de la resignación y la pasividad de los ciudadanos. 

Agreguen este escenario que se volvió epidémico. Montones de familias taparon con cemento los antejardines para esquivar los ascensos en la estratificación y por tanto mayores castigos en las facturas de servicios públicos y de predial. Hicieron lo mismo en los patios y agravaron el problema de absorción de las lluvias con la consiguiente elevación del volumen de los arroyos. Sumémosle la precariedad de las aceras y el uso de muchas como áreas de parqueo. 

Sin embargo, destacaría los barrios en los que por iniciativa ciudadana se observa una ejemplar arborización, que incluye  frutales como el mango.

Y a eso quiero ir. En agosto de 2018, el alcalde Alejandro Char dijo que en un lapso de cinco años se sembrarán 250.000 árboles de las especies roble morado, acacia, olivo verde, lluvia de oro, uva playa, almendro, algarrobo blanco y alistonia. Están descartadas las palmeras que durante años se adoptaron como si Barranquilla fuese Miami. 

Sería bueno que evaluaran la posibilidad (si no lo han hecho) de sembrar frutales. Mis recuerdos de niño me remiten a los patios repletos de mango, ciruela costeña, guayaba, tamarindo, perita roja, anón y limón. En lugar de inhalar una botella de bóxer, ¿no es mejor que un habitante de la calle coma frutas? 

@HoracioBrieva

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