En Barranquilla hay el riesgo de que se cometa un atropello con un símbolo de su memoria urbana. Frente a esta intentona inaceptable se ha empinado la valerosa pluma de don Chelo De Castro, un mito vivo del periodismo colombiano de 96 años que sostiene un espacio de lunes a viernes en las páginas deportivas de EL HERALDO, y quien con la guapeza de un quijote ha dicho que estará en pie de lucha para que se respeten las grandezas pretéritas de nuestro deporte, como el nombre de Tomás Arrieta.
A todos mis amigos urbanistas les he aprendido que la memoria de una ciudad se expresa en una materialidad concreta, en sus espacios, en sus lugares, en su patrimonio. Y en una revista chilena de urbanismo, leí esto: “Así como los cuerpos transitan por la ciudad, las memorias fluyen dejando manifestaciones de orden casi arqueológico por el territorio de la urbe”.
El Tomás Arrieta es parte –junto al Humberto Perea, el Romelio Martínez y el Elías Chegwin– de la arqueología barranquillera, de nuestra indumentaria urbana, como las casonas del barrio El Prado y las viejas arquitecturas del Centro Histórico. De niño, guardo el recuerdo de los encuentros de béisbol amateur que colmaban de aficionados las tribunas del estadio, y también
de las impecables narraciones de Marcos Pérez Caicedo, a quien uno, hipnotizado, observaba en su
cabina de radio.
Quienes promueven que el estadio se llame ahora Édgar Rentería deben considerar que hay símbolos de gran arraigo en un territorio que es inútil tratar de arrasar. Siempre habrá que recordar que en Barranquilla jamás tuvo recepción el decreto presidencial de Misael Pastrana Borrero que llamó Laureano Gómez al Puente Pumarejo. Fue una decisión centralista solo respaldada por un puñadito de godos locales.
Los motivos del rechazo al cambio de nombre del estadio Tomás Arrieta no los inspira una descalificación a Édgar Rentería, el más brillante beisbolista colombiano que ha jugado en las Grandes Ligas de Estados Unidos. Por Rentería sentimos total admiración. No sabe él lo mucho que me ayudó anímicamente la noche en que su hit definió a favor de los Marlins la Serie Mundial que le ganaron a los Indios de Cleveland. Ese domingo 26 de octubre de 1997, se disputó la Alcaldía de Barranquilla y el triunfo fue para Bernardo Hoyos. Yo era el secretario privado de la administración del alcalde Édgar George, y nuestro candidato fue Humberto Caiafa. El batazo de Rentería me devolvió la alegría en esa noche depresiva.
De modo que mi postura se fundamenta en la defensa que merece la memoria urbana de Barranquilla. Es nuestro deber cívico preservarla. No podemos aceptar que la borren de un plumazo. La memoria de una ciudad es su pasado, su identidad. El Tomás Arrieta es parte de nuestra historia. Y seguirá llamándose así aunque un decreto burocrático pretenda sustituirle el nombre.
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