RECUERDOS DE UN GOLPE DE ESTADO

Les transmití la pesadilla a unos amigos petristas que aprecio mucho y son los únicos que no me apedrean cuando critico a su reverenciado caudillo, y uno de ellos hizo esta apocalíptica predicción: “Horacio, si las Fuerzas Armadas derrocaran a Petro podría sobrevenir una insurrección popular”. Yo le dije: es probable, como también sería probable que Petro hiciera lo de Gómez en 1953: emprender, calladito, el camino del exilio.

Era un sábado aparentemente tranquilo. En la mañana del 13 de junio de 1953 el presidente titular, Laureano Gómez, retomó el poder con la firma de dos decretos, uno de los cuales fue la destitución del general Gustavo Rojas Pinilla, comandante de las Fuerzas Militares.

Gómez había abandonado la presidencia en octubre de 1951 a causa de una grave afección cardíaca. Lo reemplazó Roberto Urdaneta Arbeláez.

El golpe de Estado contra Gómez se produjo porque sus relaciones con Rojas Pinilla eran pésimas. Tampoco fluían bien con Mariano Ospina Pérez y Gilberto Alzate Avendaño, dos prominentes jefes conservadores. Más tensas eran sus relaciones con el Partido Liberal. De hecho, tras la caída de Gómez, los diarios liberales saludaron el ascenso de Rojas Pinilla y lo declararon salvador de la patria.

Alfredo Vásquez Carrizosa en su libro El poder presidencial en Colombia, escribió: “Sin un disparo, sin un grito, sin ninguna actitud heroica que valiera la pena señalar, el golpe del 13 de junio se había hecho con la sencillez de un relevo de guardia en uno de los cuarteles de la ciudad”.

Y conste: derrocaron a Laureano Gómez. Godo de racamandaca, conservador hasta los tuétanos, temible y temido líder de la derecha, y admirador del franquismo español, el fascismo italiano y el nazismo alemán.

Me he puesto a meditar sobre este episodio golpista de la historia nacional a propósito del encontrón entre Gustavo Petro y el comandante del Ejército, general Eduardo Zapateiro.

He imaginado a Petro en la Casa de Nariño tomando decisiones con unas Fuerzas Militares en contra, un Congreso mayoritariamente en contra, unos partidos políticos mayoritariamente en contra y un Consejo Gremial en contra, y la visión me ha llevado a un escenario probabilístico de golpe de Estado.

Les transmití la pesadilla a unos amigos petristas que aprecio mucho y son los únicos que no me apedrean cuando critico a su reverenciado caudillo, y uno de ellos hizo esta apocalíptica predicción: “Horacio, si las Fuerzas Armadas derrocaran a Petro podría sobrevenir una insurrección popular”. Yo le dije: es probable, como también sería probable que Petro hiciera lo de Gómez en 1953: emprender, calladito, el camino del exilio.

Y agregué: no veo a Petro de retorno a la guerra a los 62 años, ni de comandantes de tropas a Armando Benedetti, a Roy Barreras, a Agmeth Escaf, el animador de televisión al que le regalaron una curul de representante, y a Pedro Flórez, el inesperado senador del clan Torres-Villalba.

Los ‘guerreros’ que podrían unirse a una insurrección serían, tal vez, Iván Cepeda, Piedad Córdoba y Gustavo Bolívar, pero Cepeda y Piedad ya no tienen piernas para eso, y Bolívar a la hora de un pleque-pleque tiene la opción de Miami. Es decir, un confortable apartamento, un flamante yate y la comodidad para escribir alguna telenovela de acción, como El Capo.

Los ojos y los heridos y los muertos los pondría la ‘Primera Línea’.

@HoracioBrieva

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