Cuando arrancó la campaña presidencial 2018, algunos de los aspirantes dijeron que esta tendría un notable elemento diferenciador respecto a las campañas anteriores, y era que no estaría referida al dilema guerra o paz, como en 2014. Se dijo que lo central sería la lucha contra la corrupción, un monstruo que ha arrasado con casi todo en el país. Y no hay duda de que varios temas nuevos lograron ganar notoriedad, como los que ha expuesto en las plazas públicas el candidato de la Colombia Humana, Gustavo Petro, relativos a la desigualdad y el cambio climático.
Pero, a raíz de la captura de Jesús Santrich y de los señalamientos a Iván Márquez en un influyente medio de comunicación estadounidense sobre su también presunta colusión en actividades de narcotráfico, la posibilidad de que podamos volver a la confrontación no puede descartarse. Lo llamativo de todo esto es que las supuestas pruebas de reincidencia en acciones delictivas de miembros de la hoy Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común no han sido esgrimidas por la Justicia colombiana. Las presuntas evidencias están llegando de los Estados Unidos.
“Vamos para el abismo de la guerra si no corregimos a tiempo”, ha dicho el candidato liberal, Humberto De la Calle. Y si el proceso fracasa sería el resultado de una sucesión de realidades donde concurren, como dijo De la Calle, las atribuciones que le dio la Corte Constitucional al Congreso para que allí entorpecieran la implementación del acuerdo; la feroz oposición del Centro Democrático con Álvaro Uribe a la cabeza; las desconcertantes fluctuaciones de Germán Vargas Lleras y Cambio Radical; el mal manejo de los recursos del postconflicto donados por Noruega, Suecia y Suiza; las peleas de ‘perros y gatos’ al interior de la JEP que ha cuestionado el procurador Fernando Carrillo; la lentitud del trámite de reincorporación de los excombatientes de las Farc, y la inexplicable inexistencia del Estado en porciones del territorio nacional tomadas por el Eln, las disidencias de las Farc, el Epl y las bandas criminales.
Aunque los colombianos en diversas encuestas han expresado su escepticismo frente al proceso de paz, a la vez han indicado que lo respaldan. De la Calle ha dicho que se “están tirando la paz”. Ya el presidente Juan Manuel Santos, a estas alturas, con un liderazgo muy frágil y el sol a la espalda, difícilmente puede enderezar el proceso. Triste epílogo para alguien que ostenta el Premio Nobel de Paz.
Esta elección presidencial, por eso, es crucial: las mayorías del país deben decidir en las urnas, democráticamente, qué es lo que quieren: si asegurar la preservación de la paz o el regreso sangriento a la lucha armada. Sería fatal que este país apoyara un relanzamiento del salvaje espectáculo de la guerra. Porque un nuevo ciclo de violencia en Colombia tal vez sería más cruel y devastador que todos los anteriores.
@HoracioBrieva



