Los sueños rotos de Bolívar

Roy Jenkins, tal vez el mejor biógrafo de Churchill, en su estupendo y extenso libro sobre el estadista británico, escribió que “los grandes hombres presentan fuertes elementos de comicidad”. Obviamente, cita como ejemplo a Churchill. También a Gladstone. Y al general De Gaulle, “que era un gigante político en sus dos terceras partes y una figura cómica en la restante”.

Creo que el presidente Maduro califica como un ícono de comicidad total por cuenta de sus ya antológicos disparates verbales. Y si viviera Mario Moreno habría inspirado, quizá, una de sus cantinflescas películas. Chávez también era un personaje cómico, pero divertido, y nos sacaba sonoras carcajadas como cuando narró el trance que vivió por una punzante necesidad fisiológica.

Era mejor el Maduro canciller –atildado y bien vestido–, y creo que ese perfil le habría convenido más a su silueta presidencial. A mi juicio, cometió la torpeza de derivar en una risible y grotesca caricatura de Chávez, mostrando, de paso, todas sus falencias intelectuales.

Creo que si Bolívar resucitara se decepcionaría, no solo por lo que pasa en Venezuela, sino por lo que ocurrió con su sueño de una Gran Colombia. Existió, como sabemos, entre 1819 y 1831 y agrupaba a los hoy territorios de Venezuela, Colombia (la Nueva Granada, en ese entonces), Ecuador y Panamá. Y generó tantas expectativas que varios políticos y estadistas de América y Europa, entre ellos el expresidente estadounidense John Quincy Adams, llegaron a creer que la Gran Colombia tenía todo el potencial para convertirse en uno de los países más poderosos del mundo, pero terminó fracturado por los personalismos y los intereses mezquinos, y a Bolívar no le alcanzó la vida para ejercer una presidencia prolongada ni sus sucesores estuvieron a la altura de su luminosa visión, plasmada en textos como la Carta de Jamaica.

Después de 186 años de frustrada la Gran Colombia, lo que hoy estamos viendo son los reactivados agarrones de los presidentes de Colombia y Venezuela, el a veces sesgado cubrimiento de ciertos medios de comunicación a Venezuela, mientras descuidan o invisibilizan importantes temas nacionales, y la atrevida intromisión de ciertos políticos nuestros de derecha en los asuntos internos venezolanos.

Lo de Venezuela, sin duda, es una desgracia. Con su descomunal riqueza petrolera, este país cayó durante largos años en las fauces de una élite predadora y egoísta que se enriqueció con el crudo. El chavismo consiguió destronarla del poder, pero el remedio no mejoró a esa sociedad, pues de ese país rico de donde mis tías-abuelas maternas me solían traer preciosos juguetes de Navidad, lo que llegan hoy son oleadas desesperadas en busca de empleo y tranquilidad, y en las calles sobreviven vendiendo cualquier cosa: agua, hayacas, empanadas, y algunas mujeres su cuerpo. Dios, si Bolívar resucitara…


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