En el foro de EL HERALDO del viernes pasado, Humberto De la Calle, tal vez el político colombiano de mejor formación intelectual, dijo que el cese del conflicto armado con la guerrilla por la vía de la negociación, si concluye exitosamente, impone cumplir la asignatura pendiente de una democracia capaz de darles juego y oportunidades de competir a todas las fuerzas políticas, cuyas confrontaciones ideológicas y programáticas posiblemente sean más fuertes y encendidas, pero sin violencia. Habló, en ese orden de ideas, de ‘incentivos’ a la guerrilla para que se dé cuenta de que la incorporación a la democracia será mejor opción que continuar empuñando los fusiles y haciendo la guerra. De la Calle no precisó, sin embargo, cuáles serían esos incentivos para que las Farc se entusiasmen con nuestra actual democracia, llena de políticos corruptos, compradores de votos.
Hace 25 años, el M-19, que basó su levantamiento armado en que nuestra democracia se limitaba al bipartidismo, no respetaba la transparencia electoral y restringía la libertad política con el Estado de Sitio, dejó las armas y se vino a la civilidad acompañado solo del convencimiento de que la imagen de sus líderes y sus luchas serían suficiente para ganarse un espacio. Y los resultados iniciales así lo indicaban, sobre todo cuando presentó su lista a la Asamblea Constituyente de 1991, que no fue creación suya, ni resultado de un pacto con el Gobierno: simplemente apareció en el camino como la manifestación de sectores del país que reclamaban cambios democráticos.
Y se hizo la nueva Constitución. Pero quedó intacto el poder clientelista de la clase política. A eso sumémosle los errores del M-19 que no supo consolidarse como proyecto. El balance ya lo conocemos: de ese M-19 que se vino a la democracia solo sobrevivieron Navarro –que ha sido de todo, menos presidente: constituyente, ministro, senador, representante, gobernador, alcalde y secretario de gobierno– y Petro, quien nunca estuvo entre los principales comandantes del M-19, pero ha sido senador, representante y alcalde. A ellos les ha ido bien, en términos generales, en la democracia, pero no al movimiento que fundó Jaime Bateman, que naufragó cuatro años después de la dejación de las armas.
Después de la Constitución del 91 –sería necio negarlo– se abrieron los espacios en el país para las ofertas distintas al bipartidismo. Y ganaron alcaldías, gobernaciones y curules en el Congreso, asambleas y concejos, personas que en la estrechez del bipartidismo jamás habrían tenido chance. E incluso a la Corte Constitucional, al Consejo Superior de la Judicatura y a la junta del Banco de la República llegaron personajes que nunca fueron liberales o conservadores.
Hoy serían varias las transformaciones que requeriría el sistema democrático para que contribuyera a consolidar la paz en una fase de posconflicto. Tendríamos, por ejemplo, que tener partidos de verdad, no las llamadas casas electorales de fulano o zutano, que revelan premodernismo. Con partidos así es imposible la democracia que sueña el doctor De la Calle para el posconflicto.
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