POR : HUMBERTO MENDIETA
No hay proporción entre la cantidad de cemento, equipos pedagógicos, nómina de maestros y miles de millones invertidos en la educación en Barranquilla y el Atlántico en los últimos tiempos, y el garrafal y estruendoso fracaso en las Pruebas Saber.
Fracaso del departamento que ocupó un vergonzoso puesto 24 entre 32, por debajo de otros departamentos de la Costa Caribe como Cesar que obtuvo el 20, La Guajira el 21 y Córdoba el 23. Gracias a Dios y tal vez a la vieja estructura heredada de los ingleses, el olvidado y lejano departamento de San Andrés sacó la cara y quedó en el puesto siete.
Son miles de metros de modernas construcciones, otros miles de tabletas, cientos de tableros electrónicos y toda la parafernalia de la modernidad que pretende dar tono de rigor educativo. ¡Qué va! Quienes saben de esto no lo creen y nunca lo han creído. La educación no es un asunto de cantidad, sino de calidad. Esta educación de ahora solo sirve para aumentar los indicadores de cobertura, que termina siendo una engañifa de mandatarios y una estafa a la sociedad, peor aun que corrupción clásica, pues se trata de una corrupción social.
En justo y sano equilibrio estimemos que nuestro departamento y su capital cargan con el estigma de numerosas familias desplazadas, a cuyos hijos deben albergar y por supuesto atender y educar. Pero también consideremos los abultados presupuestos de cada quien. El de San Andrés es exiguo al lado de los nuestros.
En Barranquilla, otrora ciudad culta y educada, la cultura y el saber están por el suelo, en contravía de declaraciones oficiales que muestran porcentajes poco creíbles. Aquí solo dos colegios distritales lograron entran en la categoría Muy Superior. Uno es el Instituto Humboldt y el otro es el Instituto Distrital Para El Desarrollo Integral Nueva Granada, que tuvo el liderazgo de la insigne y luchadora Inmaculada Solano de Hernández, su exrectora. Son estas dos instituciones particulares de vieja data y con una personalidad que las distingue de las demás por su vocación y mística.
Aumentar indicadores es preocupación de gobernantes, como en nuestro caso en los últimos seis o siete años cuando se construyeron los tales megacolegios. No nos mintamos. El wifi sirve en los colegios para que los estudiantes estén más conectados en el ocio, y esa no es especulación de columnista, sino testimonio de profesores y directivos.
Quienes hemos tenido alguna experiencia pedagógica sabemos que las aulas repletas de estudiantes en las instituciones solo sirven para dos cosas: primero, para una mayor facturación y enriquecimiento de las universidades privadas y segundo, para que alcaldes y gobernadores pregonen voz en cuello “cómo aportan a la comunidad su gestión en busca del desarrollo a partir de la educación pública”.
No hemos hablado de los llamados “alumnos fantasmas”, aquellos que no existen en el aula, pero que sirve para seguir marcando indicadores. Esa es nuestra educación: puros indicadores. Otros falsos positivos colombianos.
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