Fue interesante escuchar el jueves primero de octubre al historiador Dalín Miranda Salcedo en las Jornadas de Reflexión Urbana de la Universidad del Atlántico, que orientan los profesores Luis Sánchez Bonet y Óscar Jiménez.
El título de la conferencia – ‘La utopía de un mejor porvenir: sociedad, cultura y tuberculosis en Barranquilla 1900-1930’ – no alcanzó a darme una idea de lo que escucharía. De modo que llegué al Teatro Amira de la Rosa con el mal presentimiento de que podría aburrirme. Además, el expositor arrancó lento, pero muy pronto los asistentes quedamos atrapados en el encanto de la charla.
Miranda propone otra mirada sobre la historia de Barranquilla en los comienzos del siglo XX. La historiografía que conocemos está salpicada de referencias nostálgicas a los exitosos hitos de progreso de aquellos años, simbolizados en el puerto, la industria, la aviación, los servicios públicos y el despegue urbanístico, “pero mi interés lo he focalizado, dice Miranda, en cómo vivían los grupos humanos que componían la ciudad de entonces”.
Se reducía Barranquilla a cuatro sectores barriales: el Centro, Rosario, San Roque y el Cementerio. Vivía la elite local en el Centro en elegantes casonas donde ejercía su actividad económica y residía al mismo tiempo en medio de chozas de paja, y como ese espacio del pequeño villorrio de la época se fue densificando no tardaron en aparecer los problemas de salubridad pública y por tanto las enfermedades, siendo la tuberculosis la que más vidas cobró en los inicios de la ciudad. “Era de tuberculosis de lo que más moría la gente en Barranquilla”, dice Miranda, y la necesidad de evitar este flagelo explica, en buena medida, según el historiador, la decisión de la élite local de escapar al noroccidente de la ciudad por el atractivo de sus brisas y sus árboles. Ahí funda el barrio El Prado y logra privacidad y un mejor vivir. Y fue esa bella ciudad del barrio El Prado la que la élite burguesa proyectó como la imagen de una época.
Pero me parece que este caos de cuna de Barranquilla – donde el urbanismo moderno ha cohabitado con lo pobre y marginal – se hizo más dramático a partir de la década de los 60 cuando comienza el desplome de los servicios públicos y aparecen los cordones tuguriales animados por irresponsables grupos políticos locales.
Hoy, a la par que construimos una ciudad de ensueño de apartamentos y casas de gran confort –donde el amurallamiento es otra forma de imponer distancia social–, también edificamos ghettos bajo el rótulo de viviendas de interés social y prioritario, y persisten barrios de precarias viviendas, sin patios ni terrazas, repletas de familias hacinadas. Es la ciudad desigual, ahora más grande, pese a los esfuerzos de la Alcaldía Distrital de cerrar esa brecha social, y por más que la clase adinerada siga alejándose, como la elite de principios del siglo XX, allá van llegando todos los que intentan la supervivencia en la rudeza del rebusque urbano: el que implora monedas en el semáforo, el limpiavidrios de carros, el reciclador, el ‘vigía’ del parqueo callejero, el vendedor de minutos…



