EL ECOCIDIO DE CIUDAD MALLORQUÍN (II)

Ciudad Mallorquín ya es irreversible. Como proyecto de vivienda VIS y VIP, otra opción era haberse concebido como una favorable solución que sirviera a los asentamientos marginales del entorno y al barrio Las Flores, que, trasladado allá, dejaba un espacio habilitado para proseguir de manera mejorada la apuesta turística y recreativa de ciudad en ese tramo a orillas del río Magdalena.

Aunque algunos consideran que hablar sobre este proyecto es llorar sobre la leche derramada (porque es una realidad en marcha y el daño ecológico ya está hecho), la discusión que he promovido desde esta columna va más allá de esta intervención urbanística que se realiza en una porción del bosque seco tropical que une a Barranquilla con Puerto Colombia.

El interrogante central que sugiere este debate es: ¿qué vamos a hacer de aquí en adelante para evitar más desastres ambientales? Porque arrastramos un gravísimo prontuario por el que nadie ha respondido, y confluyen aquí diversas culpabilidades públicas y privadas y hasta silencios inadmisibles de la sociedad civil, empezando por nuestras respetables universidades.

Ciudad Mallorquín es, de hecho, la expresión más notoria de que la alcaldía de Puerto Colombia no ejerce ni liderazgo, ni autoridad, y desde luego no hace valer los intereses tributarios del municipio.

En sus propias narices y con su convalidación, aprobó un proyecto que generará, como el de Alameda del Río, congestiones críticas. Y se desperdició la posibilidad de potenciar en mayor escala la base predial municipal. Pues en el lote de Ciudad Mallorquín, que era de lo mejor que teníamos en el área metropolitana por su cercanía a la ciénaga, era preferible una alternativa arquitectónica de liviano impacto (tipo mansiones ecológicas para sectores de altos ingresos) y no un estresante conjunto de edificios de pequeños apartamentos.

La alcaldía porteña (en su cortedad de miras) no exigió un proyecto que cualificara más su proyección urbanística y sus beneficios tributarios directos. A esta decisión se suma otra también reprochable: haber autorizado  unas torres de apartamentos en cercanías a la iglesia del padre Hollman Londoño, en zona inundable y de bosque seco tropical.

Lo que ha pasado es una oportunidad para que el Grupo Argos revise la planeación del desarrollo urbano en los valiosos lotes de su propiedad. Y es un categórico llamado de atención a la alcaldía de Barranquilla para que no haya  contemporizadoras aprobaciones a lesivas o inapropiadas actuaciones urbanísticas que contradigan la estrategia de biodiverciudad.

Ciudad Mallorquín ya  es irreversible. Como proyecto de vivienda VIS y VIP, otra opción era haberse concebido como una favorable solución que sirviera a los asentamientos marginales del entorno y al barrio Las Flores, que, trasladado allá, dejaba un espacio habilitado para proseguir de manera mejorada la apuesta turística y recreativa de ciudad en ese tramo a orillas del río Magdalena.

Los absurdos que afecten la calidad del desarrollo urbano de Barranquilla y el área metropolitana  deberían superarse, pienso, colocando en el centro el diálogo público-privado y sujetando las intervenciones físicas (proyectos de vivienda, avenidas, puentes, etcétera) a diseños estrictamente respetuosos del patrimonio ambiental y del espacio público.

@HoracioBrieva 

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